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El BUS (O SOBRE POR QUÉ LOS PÁJAROS NO SON ORNITÓLOGOS)

Hasta el 3 de junio estará en la sala Finis Terrae la creación del dramaturgo suizo Lukas Barfüs (42), con la que, tras un receso de cinco años, el grupo La Puerta vuelve a escena.

foto EL BUS

El BUS (O SOBRE POR QUÉ LOS PÁJAROS NO SON ORNITÓLOGOS)

Escribe: Rebeca Araya Basualto

Al amanecer una joven con aire de “milenial” desamparada llegó al terminal y subió al bus que la llevaría al lugar indicado por Dios para que, en una fecha precisa, asumiera la tarea de salvar al mundo. Esa noche el chofer, violento y desquiciado, la baja a patadas tras descubrir que no pagó su pasaje. En medio de la trifulca, ambos constatan que ella tomó el recorrido equivocado. Se encuentra en el transporte de un grupo de enfermos que regresan a su clínica siquiátrica, ubicada en la dirección opuesta al lugar al cual –porfía la chica- un ángel le mandó llegar por el bien de todos. Incluida ella misma.
La muchacha va a la ciudad de Czestochowa (Polonia) donde debe estar el día de Santa Sofía, para venerar a la Virgen Negra patrona de los polacos, junto a los miles de peregrinos que en esa fecha acuden al santuario llevando, para que el cielo los asuma, esos miedos, culpas y dolores que ellos no saben resolver.
En una escenografía magra, las poderosas actuaciones de Tahina Johnson (Erika, la peregrina) y Jaime Omeñaca (Herman, el chofer) despliegan en palabras el paisaje de un bosque a la vez fértil y desolado, la noche fría y el punto de la carretera en que el chofer se empeña en abandonar, en medio de la nada, a la que viaja de polizonte en el bus que él conduce entre fantasías suicidas, mientras transporta pasajeros que desprecia y maltrata, conocedor de sus males y debilidades.

LA ACTUACIÓN

La obra se sustenta en el oficio de la Compañía, que puede llenar de música el escenario, o generar risas desde una comedia amarga, poblada de personajes a ratos crueles y a ratos conmovedores. Los pasajeros, inmersos en su infinita soledad, asisten al drama de la niña que no quiere ser abandonada e intenta negociar con la locura, para cumplir el destino profético al que se aferra.
Destaca la actuación de Tichi Lobos (El Animal) por la ductilidad con que recorre la escala emocional de una mujer que pasa de la caricatura a la violencia, sin perder la verosimilud de su personaje. E Impresiona el manejo de las voces, fiato y ductilidad de todos los actores en una obra que no es sencilla y, sin embargo, mantiene la tensión dramática durante casi dos horas.
En la puesta en escena, el director Luis Ureta hace opciones interesantes. De hecho, elimina el subtítulo indicado por el autor (“El Bus: Madera de santa”) para privilegiar la interacción entre los personajes, en lugar de centrar el protagonismo en una de ellos. Y a pesar de lo lejano que puede parecer un relato referido a la santa patrona del sexto país más grande de la Unión Europea, busca proximidad cultural aludiendo a la religiosidad popular del norte de Chile en la fiesta de La Tirana, cuya musicalidad y bailes integra en la representación.
Con gran economía de recursos resuelve bien la continuidad de la mayoría de las escenas que van ligando la historia, aunque en la secuencia final aquello se vuelve más dificultoso para el espectador. Probablemente algunos nexos en la escenografía o iluminación facilitarían visualmente la unidad dramática del relato.

LENGUAJE Y REALIDAD

En una sucesión de diálogos que oscilan entre el delirio místico y el cinismo, lentamente se abre paso la idea de que lo que en escena ocurre no se refiere a la voluntad divina, expresada en los propósitos de una joven que –de algún modo- reemplazó las drogas y excesos por una fe que no sabemos si la rescató de la decadencia o la sumió en una fantasía insana. Tahina Johnson (Erika) logra que los agnósticos de la sala partan desconfiando de su cordura y terminen preguntándose si no están ante una drogadicta mentirosa, que inventó un cuento para excusar su condición de polizonte en el autobús equivocado, mientras se dirigía a la festividad religiosa en busca de drogas.
El bus que conduce un chofer agobiado por el desencanto, harto de abusar de su pequeño poder y del sin sentido del viaje, de pronto deja ver sencillamente a personas que viven sin propósito, solidaridad o ideales, cada uno inmerso en su propia locura, desde la cual apenas vislumbra a otros. Gente que puede aportar la complicidad de su indiferencia al asesinato, el abandono o la crueldad hacia la más frágil entre ellos, con tal de mantenerse a salvo a sí mismos y avanzar hacia sus propias metas. Y de pronto, ese extraño viaje se parece a la vida cotidiana en cualquier lugar del mundo en este segundo milenio. Y cualquiera de los espectadores podría reconocer ocasiones en las que, alguna vez, subió al bus equivocado.
A medio camino entre abandonar o matar a la polizonte para seguir en paz el viaje, aparece Anton (Carlos Ugarte), un bencinero empeñado en vender combustible ecológico, que dejó la ciudad y se recluyó en un autoservicio lejos de todo, huyendo de su temperamento enamoradizo. Y eligió vivir permanentemente borracho, para evitar los dolores del amor. Anton podría ser el salvador de Erika. Y ella la esperanza que el bencinero a la vez añora y teme.
Lukas Barfüs crea un relato que, como las muñecas rusas, encierra historias dentro de historias. Terminada la obra, ronda la sospecha que, si volviéramos a otra función, aparecerían significados nuevos en la misma experiencia teatral. Y que la historia fue una excusa, para hacer que nos observemos a nosotros mismos en todos y en cualquiera de sus personajes.
Entrevistado en Argentina respecto al sello que distingue su ya muy nutrida dramaturgia, el escritor autodidacta de 42 años, respondió:
– “(…)…quizás lo que me identifica es mi juego con los opuestos. Cuando hay alguna cosa muy triste yo le busco algo divertido y viceversa. Pero…en verdad…¡Los pájaros no son ornitólogos!”

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