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EL HIJO DE SAÚL: EL INFIERNO DE DANTE A ESCALA HUMANA

Saul fia (Son of Saul). Reparto: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, Todd Charmont, Björn Freiberg. Director: László Nemes. Hungría, 2015. Duración: 107 min.

EL HIJO DE SAUL

EL HIJO DE SAÚL: EL INFIERNO DE DANTE A ESCALA HUMANA

-La gran ganadora de la temporada 2015 – 2016: Oscar mejor filme habla no inglesa, Gran Premio del jurado de Cannes, globo de oro y un largo etc.

 
La  película con que el húngaro László Nemes debutó como director —y que literalmente no dejó premio por ganar, donde fuese que se exhibiera— es un extraordinario ejercicio cinematográfico que se ubica entre lo mejor del arte fílmico.
Uno de esos hitos ineludibles para cualquiera que se diga amante del cine. (Nemes trabajó como asistente del maestro Bela Tarr en El hombre de Londres).
El Hijo de Saul llegó en febrero al Oscar 2016 como segura ganadora a mejor filme de habla no inglesa —y ganó—, tras haber cosechado el Gran Premio del Jurado (y el FIPRESCI) en Cannes, el Globo de oro y un largo etc.
Cuando uno pensaba que había suficiente metraje filmado sobre el Holocausto -con El pianista, de Polanski, como un faro-,  Nemes sorprende con un relato acotado y elemental, crudo en el más exacto sentido de la palabra, realista hasta el naturalismo, enfocado en el cotidiano del horror allí en el centro del infierno -los hornos crematorios- con una cámara que pareciera querer filmar el alma de su protagonista, Saul, de tan cerca que lo sigue.
Nemes eligió para el demandante rol protagónico no a un actor profesional, sino a un poeta húngaro, Géza Röhrig.

1944, Auschwitz. Saul (Röhrig) forma parte de un Sonderkommando, grupo de prisioneros judíos que los nazis destinaban como mano de obra en las cámaras de gas (acarreando cadáveres a los hornos crematorios, limpiando el piso, los muros, ordenando las pertenencias de los ejecutados). Luego de unos meses, eran fusilados.
Con el lente siguiéndole a escasos centímetros —prácticamente los 107 minutos que dura el metraje— sobre su espalda, su rostro, su cuerpo en constante movimiento, Saúl cumple sin descanso su macabro trabajo. Todo lo que está a su alrededor -gente desnudándose, la ropa que van dejando, los montones de cuerpos, restos, el piso cubierto de sangre— lo vemos desenfocado. Este juego entre el foco y lo borroso aumenta la conmoción del espectador, que desde la primera imagen inevitablemente se ve insertado en esta vívida pesadilla.
Mientras, se filtran sonidos: trenes, camiones, órdenes a voz en cuello, gritos a sotto voce desde las cámaras.
En este trajín interminable, de pronto Saul ve a un médico examinando el cuerpo de un niño que él toma como si fuera su hijo.
De ahí en adelante, se obsesiona por evitar que sea cremado y así darle sepultura según todos los ritos, lo que incluye encontrar un rabino que diga las oraciones pertinentes.

MÁS BELLEZA QUE ESPANTO

Aunque cueste creerlo, pese a lo descrito, este descenso a lo más profundo del infierno es tratado por Nemes con tal sobriedad que el espectador estremecido siente más empatía que repulsión; más compasión que terror. Más belleza que espanto.
Aquí no hay espacio para la truculencia, ni tampoco para guiños sensibleros.
El Hijo de Saul es sobrio como lo es la verdad despojada de artilugios destinados a la manipulación emocional.
Pura poesía, fuerte y contundente, es una película que exprime los recursos del lenguaje cinematográfico como hace mucho tiempo no se veía. Prescindir de ella, de los profundos y complejos temas morales con que desafía al espectador, es una pérdida.
Cierto. Es dolorosa, dura y casi nos hace tocar el horror de tan cerca que nos lo pone.
Pero en esta obra de arte cinematográfica hay un desgarro poético, tal como lo hay en el Infierno del Dante.
Y en ese afán del protagonista por dar sepultura a un niño, hay una conmovedora búsqueda por encontrarle un espacio a la pureza en medio de ese infierno.
En medio de la permanente profanación que lo inunda todo a su alrededor, Saul busca desesperadamente un rito sagrado.
Es la manera instintiva con que busca romper su horrible sino, ese que lo ha convertido en una máquina de apilar y quemar cadáveres, y a él mismo en un muerto en vida.
Es ese rayo de luz —como el que se asoma entre los bosques en algunas escasas imágenes— que el ser humano siempre buscará.
Una obra maestra.

(En VTR On Demand. En Fílmico, Paseo Las Palmas).

 

 

 

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