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MANDARINAS (MANDARIINID): SIEMPRE HAY GUERRA EN ALGUNA PARTE

Mandariinid (Tangerines) Reparto: Lembit Ulfsak, Giorgi Nakashidze, Misha Meskhi, Elmo Nüganen, Raivo Trass. Director: Zaza Urushadze Estonia, 2013.Duración: 83 min.

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MANDARINAS (MANDARIINID): SIEMPRE HAY GUERRA EN ALGUNA PARTE

Los enemigos pueden reconciliarse, pero los que odian y matan pueden destruir la reconciliación.
Era 1967 cuando el muy popular Salvatore Adamo escribió una de sus canciones más oscuras: On se bat toujours quelque part (Siempre se lucha en alguna parte).
“Où va tu, l’ami de ce pas/ Je m’en vai a la guerre/ De quelle guerre parles-tu mon gars?/ Je ne sais pas/ Je n’en ai que faire”. (“¿A dónde vas amigo?/ Me voy a la guerra/ ¿De qué guerra hablas?/ No sé. No he sido yo el que la ha hecho”).
Adamo pudo haberse inspirado en Vietnam, Argelia, la Guerra de los 6 días, las cruentas luchas independentistas, El Congo, Indonesia, las invasiones soviéticas que siguieron al fin de la Segunda Guerra, etc. etc.
Y la pudo haber escrito en cualquier año siguiente, hasta ahora (haga la lista).

Porque, tristemente, siempre hay guerra en alguna parte.

Mandarinas —una de las películas más extraordinarias del siglo XXI— pone el foco en una de ellas, esos conflictos de lugares impronunciables para nosotros y de las que a veces el diario nos informa en algún breve. Como la que en 1990 estalló en una provincia de Georgia (ex URSS), por la autonomía de la República de Abjasia.

En medio de un campo lleno de árboles cargados de mandarinas, bosques y sinuosos caminos de tierra, se divisa un par de casas.
Es 1992. Allí está Ivo, un carpintero estonio, solo. Su familia -o lo que queda de ella- ha huido de la guerra. Ivo se ha quedado para ayudar a su amigo y vecino Margus a recolectar la fruta, que está lista para ser cosechada, en esos bellísimos árboles cargados de cientos de esferas naranjas.
Saben que deben apurarse, que están apartados de todo, pero la guerra está por ahí agazapada. Algunos soldados han pasado por sus puertas haciendo preguntas. La pequeña radio de Ivo habla de masacres.
Un tableteo de ametralladoras lo sobresalta y lo hace salir de la casa para encontrar un jeep, unos soldados muertos y un herido.
Con la ayuda del médico que ha llamado y de Argus le salva la vida al checheno Ahmed, a quien cuida en su casa. Y luego hace otro tanto con el georgiano Niko.
Ya repuestos, sienta a los enemigos -llenos de odio- frente a frente en su mesa y les exige respeto. Hay tanta dignidad y sabiduría en ese anciano rústico. “¡Qué les pasa a los jóvenes que solo piensan en matar!”, los increpa.
Y es que cuando queda abolida la razón, se apagan los sentimientos: es el fracaso de la convivencia. Eso es la guerra. La injusticia, el odio, el perdón imposible.
Ivo sabe que puede pagar el costo de ser un buen samaritano. “¿Por qué no te fuiste a Estonia?”, le pregunta el médico, observando la foto enmarcada de su hija que ya ha partido. Pero él, sabremos, tiene su razones para permanecer allí, además de las mandarinas.
El director georgiano Zaza Urushadze (nominado al Oscar por esta película) filma con sobriedad, poesía y belleza. No entrega detalles sobre esta guerra: nos la presenta en toda su desnudez; obtusa y absurda.
Tanto más cuando vemos a los cuatro personajes disfrutando un asado en la noche, escuchando música apaciblemente.
Sabemos que eso no durará. Los enemigos pueden reconciliarse, pero los que odian y matan pueden destruir la reconciliación.
Por eso es que siempre habrá guerra en alguna parte. Los seres de paz, como Ivo y Argus, parece que solo pueden hacer paréntesis.
No la deje pasar: Mandarinas es una película entrañable, estremecedora, bella, de esas que se le quedarán pegadas en el alma para siempre.

(En El Biógrafo).

Categorias: Drama

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