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POLINA : EL LARGO Y SERPENTEANTE CAMINO HACIA EL TALENTO 

POLINA, DANSER SA VIE Reparto: Juliette Binoche,  Niels Schneider,  Miglen Mirtchev,  Aleksey Guskov,  Marie Kovacs. Director: Angelin Preljocaj Francia, 2015. Duración: 112 min.

POLINA

POLINA : EL LARGO Y SERPENTEANTE CAMINO HACIA EL TALENTO 

Pudo ser una suerte de docudrama más o menos convencional sobre lo que significa abrazar la danza como forma de vida. Aunque poco pueda haber de convencional en la vida de una niña rusa que en los años ’90 decide seguir una carrera como bailarina de ballet.

Polina, danser sa vie -selección oficial Venecia 2016- nació como una novela gráfica de la mano de Bastien Vivés. Y el coreógrafo Angelin Preljocaj, junto a su esposa, la directora y coguionista Valérie Müller, la transformaron en esta emocionante y cuidadosamente preparada película, que trasciende largamente los clichés.

Preljocaj (que estuvo en Santiago para la avant-premiere  del filme) es el responsable de uno de los momentos más inolvidables del festival Santiago a Mil de este verano: el estreno en Chile de su oscura y prodigiosa versión de Blancanieves (2008) en el Teatro Municipal, que aún es comentada por quienes quedamos subyugados y gratamente sorprendidos con su innovadora propuesta.

Es imposible que Preljocaj, hijo de inmigrantes albaneses en Francia, que conoció de privaciones, no haya sido tocado doblemente al leer la novela.

POLINA, MOSCÚ Y EL BOLSHOI

A sus 9 años, Polina vive modestamente en Moscú con sus padres, quienes la apoyan en su decisión de estudiar ballet, pese al gran esfuerzo económico que ello les significa.

En escenas breves, desprovistas de grandes diálogos, la película nos arroja imágenes que cobrarán mucho sentido hacia el final (la nieve, la caza con el padre, el venado) e información relevante del entorno.

El temido y silencioso profesor, brillante coreógrafo, que en los años de la URSS fue relegado a un segundo plano “por no ser suficientemente soviético”; los mafiosos que irrumpen en el hogar de la familia amenazando a Anton, el padre; escenas familiares entrañables. Todo intercalado con el aprendizaje de Polina en la exigente escuela rusa, esa que nos ha prodigado con una pléyade de bailarines extraordinarios. Es una escuela dura, tan absorbente que no deja espacio para nada más. “Una bailarina tiene un solo trabajo: bailar”, escucha la niña cuando se disculpa por una ausencia. “Controla tus emociones”.

“Si no tienen estilo y elegancia, solo se verá el esfuerzo, ¡no dejen que se note el esfuerzo!”, sentencia el maestro.

Polina audiciona en el Bolshoi, “el símbolo de Rusia”, como se afirma con orgullo mientras una cámara se pasea por los suntuosos pasillos, los palcos, el escenario. Ser aceptada en este templo sagrado significa una inmensa satisfacción para sus padres.

Allí reforzarán en la joven lo que ha venido escuchando, que esta opción de vida requiere “energía, determinación y amor por un trabajo duro”; que “un artista siempre busca la perfección”.

UNIR EL ARTE A LA VIDA

Pero en ella hay algo más que lucha por emerger.
Instintivamente, siguiendo a su pareja, parte a Francia, a Aix-en-Provence, donde se encuentra con una profesora (Juliette Binoche) totalmente distinta, que por primera vez la hace pensar que el arte requiere de la espléndida técnica y disciplina que le dio el Bolshoi, pero no su rigidez.
La historia de Polina es una de obstinación, una ni siquiera conciente, sino de instinto creativo; de búsqueda por entender qué es lo suyo, qué la hace singular.
Y eso pasa por vivir: pasar hambre sola en Bruselas, trabajar en un bar de mala muerte para subsistir, contemplar los movimientos cotidianos (personas, animales) y encontrar un grupo de aficionados que bailan libres en una explanada.
La joven bailarina madura cuando es capaz de unir el arte a la vida; la técnica espléndida y perfecta con la soltura de la inspiración y las emociones.
Y ver eso es verdaderamente emocionante.
Más allá de si uno ama el ballet (si es así, tanto mejor) o le resulta indiferente. Eso es accesorio. Porque transciende esta disciplina.
Y no es casualidad que esta historia primero se plasmara en otro arte —que en Francia está tan desarrollado— como es la novela gráfica.
Este es un proceso humano, que ha de vivir todo verdadero artista, o un deportista, o cualquier persona a quien le apasione su oficio.
Ese proceso -hermoso e inspirador- es el que captura la película. Y el espectador es su testigo privilegiado.

(En Cinemark y El Biógrafo). 

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