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EL PORVENIR: ISABELLE HUPPERT DESPUÉS DE ELLE

L'avenir Reparto: Isabelle Huppert, Edith Scob, Roman Kolinka, André Marcon, Sarah Le Picard. Director: Mia Hansen-Løve Francia, 2016. Duración: 100 min.

EL PORVENIR, 1

EL PORVENIR: ISABELLE HUPPERT DESPUÉS DE ELLE

Mientras recogía premios por doquier y nos encandilaba con esa perversilla, fría y fina empresaria que inundaba la pantalla en Elle (Paul Verhoeven, 2016), Isabelle Huppert ya iniciaba un recorrido similar con El Porvenir.
Con esta película, la prestigiosa directora francesa Mia Hansen-Løve ganó el Oso de Plata en Berlín, al que se han ido sumando otros galardones, incluso este año.
Si alguien opinó que el personaje que Huppert componía en Elle era poco más que una prolongación de lo que ya había hecho en La Profesora de piano (M. Haneke), aquí se puede regocijar constatando su versatilidad.
En El Porvenir la actriz también es el sol de ese sistema planetario dibujado por Mia Hansen-Løve, una película que se pasea por honduras intelectuales y emocionales, a la vez que fluye exquisitamente ligera, recorrida por un humor que no se anuncia y hasta toca ciertos singulares instantes de ternura.
Lo primero que vemos de Nathalie (Huppert) es su silueta en un transbordador, mientras corrige papeles; luego desciende junto a su marido y dos niños en Saint-Malo: van a visitar la tumba de Chateaubriand frente al mar.
Una elipsis de muchos años nos ubica en París, donde estudiantes del liceo donde Nathalie hace clases de filosofía protestan contra alguna medida del gobierno de Sarkozy. Ella y algunos alumnos entran a la sala. “¿Y no le importa jubilar a los 67?”, le dice uno de los manifestantes. La profesora se encoge de hombros: “No. Quiero seguir trabajando”.
En el aula, insta a los alumnos: “debatamos. Les propongo esta frase de Rousseau, autor de ‘El contrato Social’ y la Declaración de los Derechos del Hombre: ‘Si hubiera un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente; pero un gobierno perfecto no conviene a los hombres’ ”.
Nathalie es una mujer mayor, que tiene la vida que quiere. Su marido también es profesor de filosofía —las paredes del departamento familiar abundan en textos de Levinas, Schopenhauer, Adorno, Foucault—, sus hijos ya son independientes y no se altera demasiado con las consecuencias de rechazar el risible “marketeo” de sus libros que le propone la editorial donde ella publica.
Lectora de “Liberation” y “Le Monde”, con Fabien, su ex alumno favorito, integrante de un “colectivo libertario”, mantiene una rica relación intelectual.
“Fui comunista 3 años. Leí a Solzhenitzyn y se me pasó”, le comenta, cuando él le cuenta que va a protestar a Saint-Denis.
La que sí resulta una pesadilla es su madre, una anciana que fue modelo (su belleza es notable aún), de un narcisismo infantil superlativo, que la llama varias veces, noche y día, para anunciarle que se está suicidando (una vez más).
Nada que agobie ni le quite el paso ágil y decidido a Nathalie. Lo suyo está lejos de ser frialdad: le importan sus afectos y sus cercanos (hasta se ocupa de la gata de su madre), pero ella va siempre hacia adelante, a toda vitalidad.
Aún cuando esta vida organizada se le desmorona por completo.
Todo lo que ocurre a su alrededor podría ser el libreto de una telenovela, pero no en una película tan francesa como esta.
Porque luego de reaccionar, ante lo que para cualquiera podría ser un shock, con una frase que en boca de otra sonaría operática —“a las mujeres de más de 40 más vale tirarlas a la basura”— sigue su camino.
La vida puede ser un punto de vista y el que tiene Nathalie sobre su porvenir es inusitada —y racionalmente— positivo.
Visita a su ex alumno en su comunidad en el campo —que luce una biblioteca con todos los socialistas utópicos—, conversan sobre Žižek, mientras escuchan a Woody Guthrie. Jóvenes de distintos lugares de Europa comparten mesa y debates. “No me apetece la revolución. Me gusta hacer pensar a mis alumnos por sí mismos”, declara Nathalie.
Lo suyo es la libertad, una en la que junto con la filosofía, los libros, el cine, caben los buenos afectos que el porvenir le depara y que ella elige aceptar. Como lo evidencia la espléndida secuencia final en la que suena “Unchained melody”, en una emocionante versión a capella de The Fleetwoods. Ya hemos escuchado demasiado a Schubert y Brahms.
Una película exquisita, sorprendente, aguda, divertida.
(En Fílmico, Paseo Las Palmas).

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