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“WINTER SLEEP”: DESDE ANATOLIA, LA GANADORA DE CANNES

WINTER SLEEP, pelicula

“WINTER SLEEP”: DESDE ANATOLIA, LA GANADORA DE CANNES

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Una sublime mezcla de las atmósferas de Chejov (se basó en uno de sus relatos), las preocupaciones que aparecen en Dostoievsky y las disquisiciones de Bergman atraviesan esta obra maestra del turco Nuria Bilge Ceylan, “Winter Sleep”, que se llevó la Palma de Oro de Cannes el año pasado.
Nada que temer. La película está demasiado lejos de requerir folleto explicativo: su trama es muy sencilla (no así lo que corre por debajo). Y las imágenes majestuosas de los grandes planos generales se alternan por igual con las escenas intimistas en habitaciones apenas iluminadas y las largas conversaciones, a las que el espectador le es imposible dejar de prestar atención.
OK. No vamos a negar que es para paladares exigentes (he escuchado a gente habilosa opinar que “Ida” es aburrida), para esos cinéfilos que ya han visto mucho y hay poco que aún les pueda sorprender.
Y estos son 196 (deliciosos) minutos, con Schubert de fondo (Sonata en A mayor D959, Andantino).
Ceylan es el autor de “Érase una vez en Anatolia” (2011), película con la que “Winter Sleep” comparte lugar geográfico y esos aparentemente estériles diálogos, que, en la primera, mantienen dos policías en parajes inhóspitos mientras buscan, sin el menor apuro, un cadáver. Esa vez, el director se llevó el Gran Premio del Jurado en Cannes.
En “Winter Sleep” la cámara se abre hacia las asombrosas ruinas -una arquitectura que no se parece a nada- de lo que fue una gloriosa ciudad del imperio otomano, en medio de grandes estepas, terrenos escarpados y rocosos, donde el protagonista, Aydin (Haluk Bilginer) tiene un hotel. El Hotel Othello, una de las tantas ironías oblicuas del filme, atravesado por un singular humor en muchos instantes.
Allí vive con su joven y bella mujer, Nihal, y su hermana divorciada, Necla. Aydin es un actor retirado que se ha propuesto escribir la historia del teatro en Turquía. Mientras acomete esta obra mayor, escribe cada semana en su notebook una columna para el periódico local, “La voz de la estepa”, y presta atención a los mail que gracias a ellas le llegan.
Un incidente con un niño que arroja una piedra a su auto lo lleva a la pobre casa del imán del lugar, propiedad que le pertenece, como muchas otras que ha heredado de su padre (incluyendo el hotel). El hombre, Ismail, le debe varios meses de renta. Allí vive, bastante miserablemente, con su familia, un hermano ex convicto, la madre anciana.
De ahí en adelante Ismail irá varias veces a visitarlo, incluso con el niño. Su preocupación es el perdón, el arrepentimiento y lo que significa el peso de la culpa. Son conversaciones que fluyen con tal naturalidad que parecen estar ocurriendo en la realidad.
Todo es apacible en el hotel, donde se hospeda un japonés, luego un motorista, gente que va rotando antes de que llegue el invierno.
Aydin, Nihal y Necla se ven cómodos y tranquilos.
Pero no es tan así. Una dura, aunque muy serena conversación con su hermano, empieza por revelar el resentimiento que guarda Necla y su crítica mirada hacia Aydin y Nihal. A su vez, Nihal, que se dedica a obras de caridad para matar el tiempo, tampoco está tan encantada de haber dejado Estambul para ir a enterrarse a este despoblado.
La tensión se instala tan imperceptible como inexorable. Aquello que desde su posición privilegiada de hombre y de rico Aydin no ha visto ni percibido irrumpe ante su mirada narcisa y egocéntrica.
Porque el rencor no está sólo al interior de su familia. Las reacciones soterradamente rabiosas que se vuelven contra él y que le resultan sorprendentes e incomprensibles están en la base de esa sociedad y tienen mucho que ver con esa pedrada del comienzo.
Dése el gusto de sumergirse en una obra que no tiene desperdicio.
No todo lo turco es telenovela.

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