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JACKIE: NATALIE PORTMAN EN EL MEJOR DESEMPEÑO DE SU CARRERA

Reparto: Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Billy Crudup, John Hurt, Greta Gerwig. Director: Pablo Larraín Estados Unidos, 2016. Duración. 95 min.

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JACKIE: NATALIE PORTMAN EN EL MEJOR DESEMPEÑO DE SU CARRERA

No cualquier actriz soporta, sin salirse de rol, casi 1 hora (o más) de close up en su rostro y una cámara que, si no, la sigue y se posa sobre su nuca en primeros planos cerrados.
La exigencia a la que Pablo Larraín sometió a Natalie Portman en Jackie es fenomenal. Como lo es el resultado: su interpretación contenida, sobria, a la vez que muy expresiva, de los intensos e íntimos momentos emocionales de su personaje es portentosa. Y supone, asimismo, un gran trabajo de dirección actoral.
En este, su primer largometraje hecho en Hollywood, Larraín vuelve a construir una anti-biopic —como lo hizo con Neruda— intentando escudriñar el interior de un personaje icónico que, al contrario del poeta chileno, fue extremadamente celosa con su privacidad.
Por ello, hay que aceptar que en este retrato profundamente íntimo hay mas ficción que otra cosa, más supuesto e imaginación que datos recopilados.
Jackie es una película bella y atractiva: justifica plenamente su nominación al Oscar a mejor diseño de vestuario. La ambientación de época, tanto en interiores como exteriores, es asimismo precisa, cautivante y transmite el leit motiv de la película: el Camelot que fue la Casa Blanca durante el breve “reinado” de John y Jacqueline Kennedy.

El guión de Noah Oppenheim reconstruye los días que vivió Jackie tras el asesinato de John Kennedy y para ello utiliza un recurso bastante socorrido: el relato de la viuda, una semana después del entierro, a un periodista (de la revista “Life”, en la vida real). Secuencias que parecen justificarse como una forma de mostrar una faceta más despótica y fría de una mujer joven y refinada que acaba de vivir una experiencia chocante. No solo por su traumática y súbita viudez sino porque ello la ha convertido en una reina sin trono ni palacio.
Desde ahí, Larraín y Oppenheim recurren al raconto, el flashback, el flashforward, casi como una manera de darle tensión a una historia que ya tenía su espesor propio, sobre todo si la opción de introducirse en el alma de su personaje ya estaba tomada.
Por eso sí resultan interesantes las conversaciones con el cura (John Hurt), en tomas de plano tan cerrado que se diría están a centímetros de distancia.
Además de este ir y venir en ese breve lapso de tiempo, se introducen imágenes de la entrevista-documental que Jacqueline concedió a la televisión de su país para mostrar los cambios hechos a la Casa Blanca (en esa misma mezcla documento-recreación de No).
A poco andar, la película pierde el rumbo; reitera estos cruces temporales e instala una tensión y suspenso acerca de cómo serán los funerales, con lo que anuncia y promete algo que finalmente la producción no cumple: el épico desfile de 8 cuadras de Jackie y su velo, siguiendo el féretro, con un séquito de dignatarios de todo el mundo tras ello (según nos enteramos por el chequeo de la lista de protocolo).
La expectativa armada en torno a ello se reduce a unas cuantas escenas que más parecen simulacro.
La música de Mica Levi, por la que postula al Oscar, es grandiosa. Tanto que es una obra que se superpone a otra y es exactamente lo que no debe ser una banda sonora. Toma protagonismo desde las primeras escenas y llega a descolocar. Quizás el director sí quería que tuviera esa fuerza.

Categorias: Históricas

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