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«LA MEMORIA DEL AGUA»: ¿QUÉ HACEMOS AHORA?

"LA MEMORIA DEL AGUA" Reparto: Benjamín Vicuña, Elena Anaya, Néstor Cantillana, Pablo Cerda, Antonia Zegers, Sergio Hernández. Dirección: Matías Bize. Chile, 2015. Duración: 88 minutos. MUY BUENA. IMPERDIBLE.

«LA MEMORIA DEL AGUA»: ¿QUÉ HACEMOS AHORA?

La delicadeza, el respeto y la compasión con que Matías Bize aborda en «La memoria del agua» el más inmenso dolor que puede sufrir un ser humano convierten esta historia trágica en un relato profundamente bello, luminoso y cargado de humanidad.
Una película que nadie -con el clásico pretexto de «no quiero ir a sufrir»- puede dejar pasar. No sólo porque es una clase magistral de buen cine sino porque es un regalo que te conmuevan hasta la última fibra del alma, transformándote, al salir de la sala, en un mejor ser humano.
En su estilo despojado, directo y sin trucos, Bize nos enfrenta a una pareja joven, Javier (Benjamín Vicuña) y Amanda (Elena Anaya, «La piel que habito»), que acaba de perder a su único hijo, un niño de 4 años.
La película arranca cuando se supone que ya ha pasado lo peor: el accidente, la desesperación por salvarlo, la muerte, el entierro, las condolencias.
Pero no: lo peor está por venir.
Ahí están Javier, taciturno, sin poder derramar lágrimas, y Amanda, con el rostro descompuesto, en su linda casa, llena de sol y luz, con una bella piscina en el jardín. La fatídica piscina.
No hay dolor comparable a la muerte de un hijo, más aún si es un niño pequeño.
Juan Carlos Baglietto escribió una bellísima canción, «Era en abril», que de forma muy poética narra la muerte de una guagua al nacer y con ella, las ilusiones que se había forjado la pareja, para terminar preguntándose: «¿qué hacemos ahora?».
De esa pregunta cuelgan Javier y Amanda, una pareja que se ama, pero que ha sido tan dañada que nada puede volver a ser igual. Las maneras de vivir la pérdida que elige, instintivamente, cada cual son tan distintas como diferentes somos las personas.
Del viaje que harán para intentar restaurar la familia, que ellos aún conforman, pero que está hecha añicos por esta tragedia trata esta película.
Como un estilete fino y preciso, la memoria les clavará una y otra vez el corazón: una foto, un juguete, la clave de un computador. Uno no sabe cuán entretejida en los detalles cotidianos está una persona amada hasta que desaparece de la rutina diaria.
Ese proceso es el que saben armar magistralmente el director y su co guionista Julio Rojas.
Son sólo unas imágenes, unos detalles, algunas palabras. Nada demás, nada puesto allí artificialmente para manipular las emociones del espectador. No hay necesidad.
La vida continúa: Javier, arquitecto, está construyendo la casa en la playa de unos amigos (Pablo Cerda y Antonia Zegers), que aportan, con un sutil humor, un quiebre necesario; Amanda, que trabaja como intérprete simultánea, en su caseta de traducción (extraordinaria Elena Anaya en la más estremecedora escena del metraje).
Lejos del tono melancólico que podría tener una historia así, la película es tan intensa en su opción por la verdad sin adornos que atrapa al espectador desde la primera imagen. Y la sigue como si se tratara de una cinta de suspenso: el proceso interno que sigue cada uno, las decisiones que toman, aquello que no se dicen hacen impredecible el desenlace.
Quedarse mudos -hablando naderías- es parte del proceso. Hasta que explote todo lo que está agazapado y pudriendo el alma.
En su sobriedad, «La memoria del agua» no rehúye lo intenso del drama, sólo que parece dejarlo fluir, como si se tratara de una historia real.
Los amigos, el padre de Javier (Sergio Hernández, emocionante rol), el trabajo, los arropa. Pero en su dolor están indefectiblemente solos y de allí solamente ellos podrán salir.
Cada imagen, cada escena, cada secuencia tienen sentido y valor y uno las atesora para siempre. Decenas de detalles significativos e inolvidables.
Un lujo de película.

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