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“PANDILLAS DE NUEVA YORK”

“PANDILLAS DE NUEVA YORK” (“Gangs of New York”) Reparto: Daniel Day-Lewis, Leonardo DiCaprio, Cameron Díaz, Liam Neeson. Dirección: Martin Scorsese. EE.UU., 2002. Duración: 2 horas 46 minutos. Mayores de 14 años. BUENA. ALGO EXCESIVA

“PANDILLAS DE NUEVA YORK”

Fue el mismo Martin Scorsese quien se arriesgó a trasladar a la pantalla la excelente novela de Edith Wharton, “La edad de la inocencia”. En “PANDILLAS DE NUEVA YORK”, un proyecto que tuvo en mente por años, Scorsese echa mano también a una novela, sólo que ésta relata precisamente el otro lado del Nueva York de esa misma época, la segunda mitad del siglo XIX: las inmundas y pobres barriadas llenas de inmigrantes que llegaban por oleadas en barcos desde Irlanda, y que eran inmediatamente reclutados para la Guerra de Secesión. En un largo relato en el que no sobra nada, el director nos introduce de lleno en la primera secuencia, en la atmósfera, la paleta de colores y los seres humanos que definen la óptica de la película.
Son varias las pandillas, refugiadas en virtuales catacumbas las que se preparan para la lucha final. Una, la de los “Conejos muertos”, la lidera el irlandés conocido como el “sacerdote” Vallon (Liam Neeson); la otra, Bill “el carnicero” (Daniel Day-Lewis), líder de los “nativos”, que desprecian a los inmigrantes como intrusos que llegan a adueñarse de una tierra que no es suya. La batalla es medieval: navajas, cuchillos, azadones… La sangre tiñe la nieve. Vallon lleva de la mano a su pequeño hijo, quien es testigo de cómo Bill asesina a su padre.
Luego de pasar 16 años en un orfelinato, Amsterdam (Leonardo DiCaprio) regresa con una sola idea en su testaruda cabeza irlandesa: vengar a su padre. En el populoso lugar se entera que los “Conejos muertos” ya no existen y también conoce a Jenny (Cameron Díaz), una hábil carterista protegida del mandamás (o sea, Bill), tan ruda como cualquiera de los protagonistas… sólo que más seductora.
A través de estas historias personales la película muestra cómo es que la ebullición social de estos segregados termina por explotar, culminando todo en una gran matanza, sin sentido ni norte. Notable la secuencia en la que cada quien, “en el nombre de Dios”, se prepara a atacar o a pedir justa protección (nada nuevo, como se puede ver) contra el enemigo.

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