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THE POST, LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO: EL EFICAZ OFICIO DE SPIELBERG

The Post Reparto: Meryl Streep, Tom Hanks, Bruce Greenwood, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Sarah Paulson. Dirección: Steven Spielberg Estados Unidos, 2017. Duración: 116 min.

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THE POST, LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO: EL EFICAZ OFICIO DE SPIELBERG

No va favorita en la carrera al Oscar, pero, como ya se ha hecho habitual, Steven Spielberg ha logrado colocar su última producción, The Post: los archivos del Pentágono, en dos importantes nominaciones: mejor filme y mejor actriz.
Y con toda justicia. Entre las numerosas y bien logradas películas inspiradas en épicas periodísticas -entre ellas, el Oscar 2016, En Primera Plana– esta deslumbra por el pulso urgente, la agilidad y el suspenso genuino que el director le imprime al relato, convirtiéndolo en un muy entretenido thriller. Pero, más relevante aún, acierta con rigor y agudeza al meollo de los asuntos éticos de diverso calibre que atraviesan la narración y que si bien a los periodistas nos hace exudar litros de adrenalina, excede con largueza el “heroísmo” profesional para poner foco en asuntos mucho más profundos, que tienen que ver con la política y la democracia con mayúsculas.
Este ritmo veloz requiere atención del espectador y cierta información previa acerca de lo que va la película.
En 1967, el secretario de Defensa de ese entonces, Robert McNamara (Bruce Greenwood), con ayuda, entre otros, del consultor militar Daniel Ellsberg (Mathew Rhys), elaboró un documento ultrasecreto de 7 mil páginas analizando lo que llamó “las decisiones sobre la guerra de Vietnam entre 1945 y 1966”, es decir, de cuatro administraciones: Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson. De acuerdo a estos documentos, cada uno de ellos había ocultado al pueblo norteamericano crudas y oscuras verdades en torno a esta guerra. En 1969, Ellsberg comenzó a fotocopiar sigilosamente estos papeles, trabajo que completó en 1971.
La película se inicia con unas cruentas escenas en Vietnam en 1966 y retoma en 1971 -con Nixon como Presidente- cuando Kay Graham (Meryl Streep) se ha convertido, tras enviudar, en la primera mujer propietaria del “Washington Post”. Como tal, debe posicionarse en el directorio que ahora preside, equilibrar “rentabilidad” y “calidad”, hacerse cargo de asuntos comerciales, además de coordinarse con el editor del periódico Ben Bradlee (¡muy bien Tom Hanks!), un periodista con tinta en las venas. La noche anterior de que su competencia, “The New York Times”, aparezca con una bomba informativa, Bradlee alcanza a enterarse. La portada del NYT en la mañana es un “golpe” periodístico de alto voltaje y consecuencias inmediatas: el contenido de los archivos (o una contundente parte de ellos).
El ya acelerado ritmo de la redacción del Post se vuelve vertiginoso y desesperado: Bradlee y el experimentado reportero Ben Bagdikian (Bob Odenkirk, Better Call Saul) deducen que la fuente del NYT no puede ser otra que Dan, quien, una vez contactado, con los resguardos pertinentes, se muestra dispuesto a entregarles todo el material. El problema es que el Gobierno ya está en alerta, tras la publicación del Times, y ha lanzado toda su ofensiva legal. La que alcanza también, a modo de advertencia, al Post.
La decisión queda en manos de la aún algo vacilante Kay.
Las carreras –literalmente- en una época sin internet ni celulares van a la par que las discusiones cruzadas entre abogados, Kay y Bradlee, mientras que en una suerte de operación comando los periodistas se abocan a examinar los miles de papeles en el living de la casa de su jefe. La hora del cierre de las prensas pendiendo sobre sus cabezas sumado a las advertencias de la Casa Blanca y los consejos legales convierten cada escena en un vértigo que no se detiene.
Y en esas horas intensas, está siempre circulando aquello que mueve a los personajes y a esta historia: la libertad de prensa “que nos incumbe a todos”, esto es, el principio basal de una prensa libre; la necesaria y permanente autocrítica hasta las últimas consecuencias como parte de una democracia; los delicados límites de la ética en el cotidiano. Todo aquello que se puede resumir en una frase clave de esta historia: “la prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernadores”.
De paso, otra pequeña revolución se ha producido: cómo una mujer, en un mundo dominado por hombres, logra tomar conciencia de su propio poder a través de un acto auténtico de valentía.
En el detalle de ese microcosmos que es el periodismo, “The Post” es solo comparable en su precisión a Ausencia de malicia (1981, Sydney Pollack).
Por cierto, estando Nixon y el “Washington Post” por ahí, el guiño a Todos los hombres del Presidente (Alan J. Pakula, 1976) se hace ineludible y perfectamente coherente.
¡Apasionante! ¡No se la pierda!

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