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«BEASTS OF NO NATION»: MATAR LA INOCENCIA

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«BEASTS OF NO NATION»: MATAR LA INOCENCIA

En 2002 Fernando Meirelles estremeció al mundo con «Ciudad de Dios», una película que con realismo casi documental exponía la violencia en la favela de ese nombre en Río de Janeiro, con niños pequeños empuñando armas y matándose entre sí, alternando entre «pichangas» y vida familiar.
En 2013, con una crudeza que llegaba a doler, el canadiense Kim Nguyen compitió por el Oscar a mejor película extranjera con «War witch», un relato con una niña de 12 años como protagonista, reclutada a la fuerza, y de la peor manera, por rebeldes en el África Subsahariana. Un filme tan duro como valioso que no llegó a Chile.
Ahora es un director californiano, Cary Joji Fukuyanga («True detective»), el que nos viene a incomodar con la realidad de la violencia de guerras y guerrillas que utilizan niños pequeños como soldados, en un filme que sí que tendrá difusión: distribuida por Netflix, ya ha sido estrenada tanto en esta plataforma como en cines en diversas partes del mundo.
De paso estuvo nominada a mejor película en en el London Film Festival y su pequeño protagonista, Abraham Attah, recibió el premio Marcello Mastroianni en Venecia, festival donde también fue galardonado su realizador.
Siete años estuvo Fukuyanga trabajando en el guión de «Beasts Of no nation», basada en la novela de 2005 del mismo nombre (del premiado autor de origen nigeriano Uzodinma Iweala).
El rodaje lo inició en la región oriental de Ghana.
En un pueblo de un país que no se nombra vive Agu (Attah). Narrada por el niño de principio a fin, en la película su voz en off es un correlato de la trágica transformación que experimentan su vida y su alma, cuando las circunstancias que lo rodean cambian dramáticamente, sin que él y quienes lo aman puedan hacer nada por impedirlo.
Afuera de su pueblo (lo que eso signifique) hay una guerra y ellos viven en una zona neutral. No funciona la escuela, donde su padre era maestro, y los chicos como él tienen que ver cómo mantenerse ocupados. La madre de Agu aún cría a un niño pequeño pero lo que más le molesta a él es que su hermano mayor solo se preocupe de sus músculos y su pelo. Los domingos todos van a la iglesia.
Esta cotidianeidad tranquila y más o menos normal termina bruscamente cuando una Junta decide abolir los partidos políticos. El Consejo local se organiza como puede para que mujeres y niños abandonen la aldea, pero Agu no alcanza a subir en un auto con su madre. El Ejército llega con tanques y armamento pesado buscando rebeldes y ejecuta a quien encuentra.
Agu huye por la selva.
En 15 minutos la tragedia está instalada.
Asustado y hambriento Agu es hallado por los rebeldes de la Fuerza de Defensa Nativa, cuyo comandante (Idris Elba), un tipo egótico de palabras altisonantes, ya trae consigo varios niños soldados y decide entrenar e iniciar al nuevo. El discurso es «contra los políticos que roban», la orden es «matar a todo el que no siga lo que determina la FDN», «vengarse», «no esperar a heredar la riqueza porque la tomaremos».
Como una road-movie, el grupo se desplaza de una aldea a otra, matando, incendiando, recibiendo órdenes por radio de un comandante supremo (que bien podría entrar en la lista «Forbes» por su lujosa vida).
Agu es sometido a ritos de iniciación, enseñado a matar, a drogarse.
La cámara de Fukuyanga no elude el horror pero no se detiene en él y no roza jamás el morbo. Más dolorosas suenan las palabras en off del niño («Dios no me escucha; la canción de mi madre es lo único que recuerdo»; «no puedo volver a hacer cosas de niños»).
Lo suyo es el detalle relevante, no el impacto efectista, ni menos el gore que tanto vende.
«Beast Of no nation» es cine off Hollywood, ese que tiene algo importante que decirnos.
No lo rehuya: le va a tocar el corazón de la mejor manera imaginable.
(En Netflix).

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