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ARROBA GUION BAJO

ARROBA GUION BAJO

Por Benito Escobar Vila
Guionista y dramaturgo
@escobarvilaben

Escribir se torna complejo cuando los guionistas de aquello que llamamos la realidad construyen tramas tan recovequeadas que resultan aún más truculentas que las podría urdir el propio escritor.
En ese desafío de originalidad en que se ha transformado el oficio, la competencia proviene a diario no solo de los datos de la contingencia sino también de las propias modalidades contemporáneas de consumo y distribución de la ficción; vale decir, cómo nos metemos al ring de las historias luchando con las historias mismas y a la vez con las posibilidades tecnológicas de visionado de esas tramas.
Escribimos para y contra internet, para y contra el cable, para y contra los smartphone.
La avalancha de posibilidades de que disponemos al momento de ver una serie, por ejemplo, nos colocan en el trance de manifestar una suerte de declaración de principios al momento de cotejar nuestros insumos. “¿Has visto tal serie?” “¿En qué capítulo vas?” “Ah, no, tienes que ver esta. Esta sí que es buena”, “La puedes bajar en tal sitio”, etc.
Esta suerte de certificado de actualización serial obliga a los profesionales de la escritura a estar atentos, pendientes de los mecanismos y la novedad de los personajes, a la par que se desentraña la estructura y el estilo en que se nos presenta la historia.
Pero no solo eso.
Como decía más arriba, esta oferta masiva, instantánea y compleja en la que se ha transformado la ficción obliga al guionista a detectar los mecanismos en que el visionado se realiza.
El rito del consumo de ficción, como lo señalaba hace un tiempo Alberto Fuguet en una columna, ha ido mutando. Si antaño la peregrinación a la sala oscura del cine implicaba casi la única forma de gozar del truco cinéfilo a cabalidad, hoy, amén de la multiplicidad de pantallas y plataformas, tal rito se diluye y se desplaza.
Una buena serie aguanta los empujones y forcejeos del metro, si es que se dispone de una pantalla amplia en el celular o en una tablet; un buen guion también afirma la experiencia de ver entrecortadamente en el computador de la oficina -incluso a riesgo de ir deteniendo el registro- esa serie que boicotea la productividad laboral y nos podría enemistar con el jefe; en fin, una buena serie es la excusa propicia para reacomodar las rutinas de consumo y contemplación de historias audiovisuales.
¿Y qué hace el guionista con este escenario?
Convengamos que una de las principales vitrinas de promoción de las series son los propios guionistas que, utilizando las redes como tribuna, elevan o condenan los giros, peripecias y matices de las producciones audiovisuales de moda.
Esta suerte de punta de lanza del público informado está al tanto de la trivia y pormenores de las historias, a la vez que prestos a denunciar las inconsistencias o ripios que aparezcan en la trama.
Es aquí justamente que el ejercicio de escritura de guiones, en el contexto de pantallas múltiples y público demandante, se vuelve un desafío aún mayor.
El guionista hoy debe no solo apuntar a entregar la hostia sagrada en el templo oscuro; debe también estar consciente de que su feligrés es un pagano que quizás verá su ficción a horas intempestivas y en lugares poco ortodoxos.
¿Qué hacer entonces?
No basta con una buena historia, debe también manejar los trucos de la espectacularidad que sostengan la percepción en esos minutos iniciales en los que se decide la permanencia del público frente a la pantalla.
Se dirá que toda buena historia clásica tiene bastante de eso; no obstante, este ardid escritural se extrema en las actuales circunstancias.
No se trata solamente de los mecanismos formales que involucran duración de las escenas, velocidad, juego de los tiempos, fraseo en los diálogos, etc.; se trata también del mecanismo de selección de las historias.
Dicho de otra manera, qué lleva a alguien a escribir sobre algo y cómo propicia ese abordaje. La libertad temática del creador no puede obviar el filtro que implica que probablemente mucha de la ficción que ve y con la que alimenta su creatividad a diario es el resultado de un modo de producción industrial, al amparo de grandes cadenas de entretenimiento. Vale decir, una estética que reproduce una estructura, que a la vez alimenta a la propia industria.
Aquí aparece además una cuestión que está siendo recién abordada por algunos especialistas.
Ya intuimos que la presencia recurrente de las pantallas en nuestras rutinas está teniendo efectos en nuestro cerebro y, por ejemplo, en la forma en que escribimos y sostenemos el lápiz -o dejamos de sostenerlo-. Pero lo que no se ha investigado aún es cómo este desplazamiento del consumo audiovisual que va desde el lugar (cine, living) al objeto (pantalla móvil) hace que la manera de participar de la ficción vaya cambiando.
Ya no se está viendo una película o una serie en un sitio determinado, ahora se ve la ficción a través de algo, a cualquier hora, a voluntad, con las intermitencias propias de la vida.
La pregunta es, ¿estamos escribiendo un guión que dé cuenta de estas metamorfosis? ¿Escribimos para domar la voluntad cuasi infinita del espectador que puede con un click acabar el visionado? ¿Escribimos para una pantalla móvil que se debe hacer consciente de su carácter efímero? ¿Escribimos con nuevos trucos que intenten obviar ese acantilado que huele a infinito llamado internet? ¿Cómo hacerlo? La respuesta también podría ser una buena historia.

Copyright Anajosefasilva.cl 2014


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