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Las vidas de Mayra

Las vidas de Mayra

Por María Ignacia Soto Uribe
@mrs_ignacia
Periodismo UFT

El libro lo encontré en la biblioteca de la escuela. En ese entonces tenía 15 años (o 16, no tengo muchos recuerdos de esa época), pasaba los recreos buscando nuevos textos que leer y los devoraba uno tras otro. Ante la indiferencia de mis amigos y compañeros frente a la literatura, la pequeña biblioteca se me antojaba como un pequeño paraíso que podía recorrer a gusto y sin compartir con nadie. Como muy pocos solicitaban algún libro, no había temor a escuchar las desagradables palabras que ningún lector asiduo quiere escuchar: “No está, lo prestamos”. Eso evitaba que tuviera que esperar a que el otro, esa persona que se había llevado mi libro, lo devolviera. Sobre todo, evitaba tener que leer libros manchados o rotos. No recuerdo si el libro lo encontré antes o después del incendio de mi casa. Como dije, es un época de recuerdos borrosos. Lo que sí rescato es que, después de perder todos mis libros y llorar por días enteros, la biblioteca se volvió aún más importante para mí.
Pero vamos a lo que nos importa. Desde que tengo memoria he preferido leer libros grandes, o que al menos tengan la suficiente cantidad de hojas para sentir el peso del texto en mis manos. No sé cómo llegué a ese libro, porque solo tiene 106 hojas y no alcanza a tener un centímetro de ancho. No sé qué me hizo notarlo entre los otros y sacarlo de la estantería. En la portada tenía una chica con el cabello al viento y sus brazos estaban rodeados por las ramas de un árbol. El cuaderno de Mayra, por Marco Antonio de la Parra. Eso decía la portada. Había escuchado sobre el autor en algunos programas de televisión pero nada más allá. Mayra, qué nombre más feo, pensé. A pesar de todo, me lo llevé. Lo leí a ratos: en la casa (no consigo recordar si mi casa o la casa que nos prestaron después para que tuviéramos dónde dormir), lloré por momentos, sufrí con los personajes y, no sé cómo, fui sintiendo que todo lo que Mayra contaba en su cuaderno era real y que todos lo vivíamos. Que el mundo era un agujero de dolor, que leer demasiadas poesías sí era peligroso y que la piedra de la locura estaba en todos. No sé cómo. No sé, porque jamás había vivido lo que el libro contaba y mi positivismo me salvaba de sufrir algo tan fuerte como lo que se narraba: depresión. De ese tipo que te lleva a la locura. Como fuera, las palabras y el estilo narrativo del autor lograban que el lector sintiera cada una de las cosas que Mayra sufría. O quizás fuera solo yo. Quizás el libro llegó en un momento donde podía sentirme identificada con lo que leía aún sin sufrirlo. Quizás la permeabilidad que nos otorga la adolescencia fue capaz de darme la empatía suficiente para ponerme en los zapatos del otro. Quizás siempre he tenido una tendencia genética a caer en el pozo de la angustia, pero mis circunstancias no lo permiten. No dejo que suceda. O quizás era mi preparación para lo que vendría más adelante, aún sin yo saberlo. Un absurdo designio del destino que me hacía sufrir con un tema que no conocía de cerca pero del que tenía que saber.
Aunque olvidé muchas cosas, recuerdo haber leído el libro montones de veces. Abrir sus páginas y maravillarme con cualquier párrafo. Sentirme tocada por una frase y escribirla en mis cuadernos. Me costaba devolverlo porque, a pesar de que en la primera hoja tuviera un timbre que decía “Liceo Sagrados Corazones, San Javier”, me pertenecía. Yo lo había descubierto, le había dado vida a las hojas y, con el egoísmo de la juventud, creía que nadie lo apreciaría, lo sentiría, como yo lo había hecho.
El libro tuve que devolverlo. A pesar de lo que yo creyera, era de otro. Después de leerlo tantas veces durante esa época, pronto lo dejé de lado. Sin embargo, el paso de los años no disminuyó mi atracción por sus palabras y, ya mayor de edad, fue unos de los primeros libros que compré con mi dinero. Fue una compra importante: algo que yo quería volvía a mí. Y para mayor alegría, era uno de los primeros textos escogidos para volver a construir aquella biblioteca personal que había perdido y que el fuego se había llevado. Ya lejos de aquella niña que había sido, volver a leerlo fue entrar de nuevo en aquella etapa. Cosas que en su momento no había logrado comprender, ahora se hacían claras. Sin embargo, a pesar de todo, el sentimiento y el toque de las palabras seguían iguales. Mayra era una vieja amiga que venía de vuelta a mi vida y con la que aún podía sentirme identificada. Cuando llegó la hora de estudiar una carrera profesional, llegó también la época de cambios y me mudé a otra ciudad. Entre los libros escogidos para la mudanza, por supuesto que El cuaderno de Mayra venía incluido.
Es curioso como funciona la vida, o el destino, según lo prefiera. Cuando encontré el libro, jamás habría pensado que más adelante me iba a encontrar con el autor del libro en la universidad que había escogido. Tampoco que él sería quién nos diera la bienvenida al nuevo mundo que se nos venía por delante. Tampoco que cuando me presentaran a Marco Antonio de la Parra solo podría balbucear unas palabras porque los nervios me jugarían en contra y me nublarían la vista. Quizás fueron las letras del libro que se me agolparon tras los ojos, que recordar a Mayra y lo que me hizo sentir transformó el agradecimiento en lágrimas y no en las palabras que yo quería decir. “Gracias, porque su libro me ayudó sin saberlo”. Eso quería decir. No pude. Nunca le conté a nadie lo que había pasado. Y, sinceramente, espero que De la Parra no lo recuerde. O si lo hace, que no piense en una lectora loca. Quizás no. Una persona que fue capaz de escribir ese libro, de traer a Mayra a la vida, no podría ser tan fría.
Siguiendo con el destino, tampoco podría saber en ese entonces que más adelante me encontraría cara a cara con aquello que hacía sufrir a Mayra y que le había arruinado la vida. La depresión es una enfermedad que llega silenciosa y que cuando ya no puedes darte cuenta, te arrastra. No, no me arrastró a mí, si no que a mi madre. No, no le arruinó la vida. Pero sí, fueron tiempos difíciles y donde cada día se volvía incertidumbre. Quizás fue el libro o quizás fue Mayra, pero el haber leído aquellas palabras me hicieron sensible y me ayudaron a manejar aquella piedra de la locura de la que hablaba Pizarnik. Aquella que la protagonista de De la Parra me había presentado y me había enseñado a temer, pero que también me había hecho más empática. Comprender que con aquella piedra no se juega y cuyo manejo debía ser delicado. Quizás fue por eso que logré ayudar a mi madre y pude, aún sin conocer la depresión, sentir su pena. Y le agradezco eso. Le agradezco a un libro que empecé a leer sin saber por qué, pero cuyas palabras las guardé dentro de mí. Escondidas en mi mente, más adelante pude liberarlas y usarlas a mi favor. Le agradezco porque me abrió la puerta a la poesía. Aquella que es dura, que habla de lo peor de las personas, pero que sin embargo celebra la vida. Le agradezco también aquel momento en que, sentadas en el sofá, le leí a mi madre un fragmento de El cuaderno de Mayra y pude entregarle un instante de claridad. De reconocer, entre lágrimas, que su dolor también lo comprendían otras personas y que, como todo en la vida, esto también pasaría.
El cuaderno de Mayra, como cualquier otro libro, es una obra literaria hecha para que los lectores disfruten con ella. Busca provocar algo en el lector. Si es bueno o malo depende de cada uno pero, ante todo, la literatura entrega un placer estético. Esto último no quiere decir que no se presenten otras intenciones, porque sí las hay. Por ejemplo, un rol de la literatura es servir al lector como un conductor de las emociones o pensamientos. El libro, en este caso, describe esto último y provoca un cambio en el que lee. Nos hace enfrentarnos a una situación y asumirla. Con Mayra se produce una especie de catarsis logrando sacar aquello que no conocía (pero que más adelante me ayudaría sin saberlo). Debemos recordar, ante todo, que aún cuando la literatura nos presenta hechos que no tienen relación con nuestra vida o nos hacen experimentar situaciones que nunca hemos sufrido, las historias están siempre inspiradas en la realidad o en una parte de ella. Esto último es lo que además nos hace identificarnos con aquello que leemos: a través de cómo Mayra percibe lo que la rodea, podemos ser capaces de ver el mundo de una manera alterna y transformar nuestra propia forma de ver la realidad (o de vernos a nosotros mismos). Cuando somos adolescentes, la búsqueda de la identidad es algo que rodea y limita nuestras vidas. Descubrir y responder quién soy es un proceso largo y que se construye paso a paso. Para lograrlo, precisamente necesitamos identificarnos con los demás, con algo, hacer propios valores, situaciones e ideas que vemos en otros. Si un libro o corriente literaria representa la identidad de una comunidad o sociedad, la literatura también produce nuestra identidad. En este caso, el libro genera un quiebre en el lector -yo- mostrándome cosas y situaciones que no conocía, pero con las que puedo sentirme identificada y formar parte de aquello que se me está describiendo. El cuaderno de Mayra me permitió tomar conciencia de mí misma, mi entorno y conocer un mundo que se desarrollaba fuera de lo que yo dominaba. La literatura puede ayudarnos a comprender el proceso y la importancia de la identidad (personal, cultural o histórica), así como también puede, según lo ya mencionado, producirla.

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