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DOLOR Y GLORIA: EL CUERPO DE LA PASIÓN MARCHITA

Reparto: Antonio Banderas,  Asier Etxeandia,  Penélope Cruz,  Cecilia Roth, Leonardo Sbaraglia, Julieta Serrano. Dirección: Pedro Almodóvar España, 2019. Duración: 108 min.

DOLOR Y GLORIA: EL CUERPO DE LA PASIÓN MARCHITA

Si hay una película en la que Pedro Almodóvar ha decantado su estilo esa es Dolor y Gloria, estrenada en Cannes en mayo.
Con Antonio Banderas como su alter ego, Salvador Mallo -con el pelo rizado y cano como el del director- es también la más personal de sus películas, lo que es harto decir en un autor que en buena parte de su filmografía ha trabajado abiertamente sobre sus experiencias. Su propia madre, Francisca Caballero, ha participado en cuatro de sus filmes.
Sin golpes de efecto, ni extravagancias, ni escenas epatantes, en Dolor y Gloria desarrolla un melodrama más contenido, a la vez que de una mayor profundidad, ganando una emotividad que cala más hondo en el espectador.

DOS MUNDOS, PRESENTE Y PASADO

Los colores contrastantes y definidos -mucho rojo, verdes encendidos, a veces amarillo- llenan la pantalla en encuadres de una cuidada armonía, en habitaciones y recintos llenos de detalles significativos.
Mientras que la infancia de Salvador remite a pueblos soleados, de casas blancas, con mujeres lavando sábanas en el río mientras cantan “siempre a la verita tuya”, con el niño Salvita a espaldas de su madre Jacinta (Penélope Cruz).
Es la España profunda, de curas, beatas e Iglesia Católica, esa con que su madre llega hasta el fin de sus días, desenredando rosarios y encomendando a su hijo a San Antonio.
Llama la atención que Almodóvar haya decidido contar su historia de manera más simbólica -no es una autobiografía-y organizarla a partir de aquello con que el director manchego rompió esquemas y traspasó límites: el cuerpo.
El director de cine y dramaturgo con que nos encontramos, Salvador Mallo (Banderas, ¡merecida Palma de Oro 2019!), es un hombre que nos enumera -con detallados gráficos, láminas y power points- todas los achaques que acarrea. Desde cefaleas permanentes a dolores lumbares (“mi vida gira en torno a la columna vertebral”, dirá), del nervio ciático, pasando por el estómago, tinitus y un síndrome de esos de escasa ocurrencia que le obstruye la zona de la faringe.
En el cuerpo se ha reunido su dolor. Pero también están aquellos del alma, que no puede colocar en láminas: sufre de insomnio, angustia, ansiedad y depresión.
Es una enumeración sin queja, más bien de un humor oblicuo.
La gloria que ha cosechado en su vida está a la vista: su amplio y luminoso departamento en Madrid está lleno de obras de arte exquisitas, una pasión que ha podido permitirse.

LA VIDA (Y LA PASIÓN) EN PAUSA

Pero aunque nadie lo ha olvidado, su filme más exitoso, “Sabor” -el que lo llevó a saber de geografía-, lo estrenó hace 32 años.
Tiene escritos sin acabar en su computador. Su representante, Zulema (Cecilia Roth), lo convence a medias que participe en un foro sobre aquél filme, que ha organizado la Cineteca.
La idea es que lo haga junto con el protagonista, Alberto Crespo (Asier Etxeandia), con quien se ha peleado y no se habla desde aquella época.
Visitar al actor es la primera acción de Salvador para mover en alguna dirección esa vida en pausa dolorosa, desprovista de pasión y deseo.
El singular reencuentro da lugar a jocosas situaciones y otras derivadas no del todo deseables, muy propias de la chispeante imaginación almodovariana. Aunque a tropezones, ello provoca necesarias reacciones en Salvador e importante reencuentros, como volver a ver a Federico (Leonardo Sbaraglia), un recordatorio de que no siempre fue un lobo estepario. Que el placer ha estado en su vida.
Pero desde antes, Salvador ha visitado su niñez, en recurrentes racontos, en que se impone la fuerte presencia de su madre.
También volverá a ella ya mayor, revisando esos afectos, poco antes de morir. “No me gusta la autoficción”, le espeta esta campesina de carácter a su hijo, ya famoso cineasta. Son momentos divertidos y cálidos.
La suma de todo ello le ha permitido a Salvador desanudar el pasado para explicar el presente y así hacer posible el futuro. Eso significa tomar decisiones, que no solo pasan por revisar sus escritos sino por ocuparse de su cuerpo.
Ojo con la música de Alberto Iglesias (palma de oro Cannes 2019 al mejor compositor) y a los numerosos guiños a la filmografía del autor.
Muy buena.

Categorias: Drama

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