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MI OBRA MAESTRA: EL ARTE Y LA AMISTAD EN UNA ÁCIDA SÁTIRA

Reparto: Guillermo Francella,  Luis Brandoni,  Raúl Arévalo,  Andrea Frigerio,  María Soldi, Alejandro Paker. Dirección: Gastón Duprat Argentina, 2018. Duración: 100 min. En Netflix

MI OBRA MAESTRA: EL ARTE Y LA AMISTAD EN UNA ÁCIDA SÁTIRA


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Desde su cómoda posición de próspero “marchand d’art”, con galería propia en Buenos Aires, Arturo Silva (Guillermo Francella) observa y disecciona sin piedad y con agudo cinismo a su prójimo, esto es, sus compatriotas más privilegiados, aquellos que circulan por los anchos parques de la capital argentina. El personaje coprotagoniza Mi Obra Maestra , de Gastón Duprat, una comedia ácida y descreída, disfrazada de “buddie movie”, y que esconde una despiadada crítica al snobismo de todo aquello que conforma el círculo del arte contemporáneo.

UN EGÓLATRA FELIZ Y SU AMIGO MÁS O MENOS CÍNICO

Pero sí que hay una dupla magnífica (“buddie movie”), Francella y Luis Brandoni, que sacan adelante de manera magnífica una historia que engañosamente amenaza con empantanarse a mitad de camino.
Si Arturo es un tipo refinado, más o menos inescrupuloso, Renzo Nervi (Brandoni) hace gala de un desparpajo autosuficiente, sin culpas, preocupaciones, ni remordimientos.
Nervi -cuyo amigo y representante es Silva- fue un pintor muy cotizado en los ’80, un ególatra feliz, que no pretende dejar de serlo (el prójimo en general no le interesa) y cuya decadencia lo tiene sin cuidado.
Por eso cuando Silva -que no ha logrado vender un solo cuadro de su amigo en la última exposición- consigue que una empresa pague a Nervi por hacer un mural, pareciera que los problemas comienzan a solucionarse.
Pero Nervi, que esgrime principios más por el placer de ir contra el tránsito que por convicción y doctrina, es capaz de arruinar todo. Como ya lo ha hecho con su relación con una bella joven; con el infinitamente ingenuo e insistente Alex (Raúl Arévalo), un admirador que ha venido desde España para ser su discípulo; y con su propio hogar (o lo que sea aquello donde vive).

EL MUNDILLO DEL ARTE Y LOS BIEN PENSANTES

Tras el éxito mundial de El Ciudadano Ilustre (VER COMENTARIOS) , que le valiera a Oscar Martínez la Copa Volpi al mejor Actor en Venecia 2016 (y otra abrumadora cantidad de premios), Gastón Duprat vuelve a filmar una comedia sobre el mundillo del arte. Esta vez, sin Mariano Cohen como codirector, pero sí con Andrés Duprat como coguionista.
Si en El Ciudadano Ilustre había tintes de comedia negra y ciertos elementos de crueldad -la venganza del pueblo con el escritor famoso- y una tensión oscura, Mi obra maestra aparenta una liviandad que podría leerse como una doble manera de hacer sorna del snobismo.
Al fin de cuentas, esta es una historia que se ríe de los bien pensantes como Álex y sobre todo de ese público “listillo” del que vive el arte exitoso, personas que antes de pasar por ignorantes prefieren aparentar una sapiencia de la que en realidad carecen.
El mercado del arte tiene más que ver con el mercado que con el arte, nos parece decir Mi Obra Maestra. Y no necesariamente por culpa del capitalismo o el neoliberalismo: Mozart y Salieri ya lo vivieron.
Hay factores del todo exógenos que hacen que un público supuestamente cultivado actúe frente a las obras artísticas como lo haría con las acciones de la Bolsa de Comercio, más que por apreciaciones estéticas.
Y allí está la sofisticada y gélida Irene (Andrea Frigerio) para demostrarlo. Propietaria de una suntuosa galería, que hace negocios a nivel planetario, Irene tiene olfato comercial, un desempeño de gestión nivel gerente de finanzas y el talento de quien se sabe superior para imponer sus criterios a esos públicos refinados que consumen aquello que les dicen que es valioso.

LOS GIROS

Tras un par de hechos inesperados, Arturo Silva se asocia con ella. Porque las cosas han cambiado mucho desde que dejamos al desfachatado Renzo Nervi haciendo trastadas en su barrio y con todos quienes le rodean.
Aunque la dupla Francella-Brandoni es arrolladora -y lo es cada vez más a medida que avanza el metraje- Duprat y Cohen construyen una historia vívida, graciosa, elegante, de diálogos exquisitos y que sabe dónde y cómo instalar un par de efectivos giros que mantienen muy en alto no solo el interés del espectador sino la profunda vocación satírica de la película.
No es una obra maestra. Solo es, nada más (nada menos), muy entretenida.

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