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«WHITE GOD»: LA REBELIÓN DE LOS QUE SOBRAN

Feher isten Director: Kornél Mundruczó Reparto: Zsófia Psotta, Sándor Zsótér, Lili Horváth, Szabolcs Thuróczy, Lili Monori. Año: 2014. Duración: 119 min. País: Hungría (En Fílmico, Paseo Las Palmas. En amazon.es).

«WHITE GOD»: LA REBELIÓN DE LOS QUE SOBRAN

Desconcertó a la crítica que la vio en Cannes en 2014 (ganó en la sección Un certain regard).
Y cómo no.
Si uno se sienta a ver una película sobre una chica de 13 años, en Hungría, que es «depositada» por su madre -que viajará por tres meses a Australia con su novio- en manos de su padre, que no es que se muera de ganas de recibirla. El intercambio del «paquete» se hace en plena calle.
Para peor, Lili viene con su perro, Hagen, un mestizo grande y bonito, buena persona. La expresión del padre se torna más agria. La mamá se limita a decirle adiós linda, con cara de no es mi problema, que les vaya bien.
El padre es un sujeto rudimentario -trabaja como supervisor en un matadero- pero tiene una razón para mirar feo al perro: en cuanto llegan al departamento, la vecina con alma de policía política le recuerda bruscamente que no se admiten canes, menos si no son de raza, inscritos.
Es la ley.
Y cuando uno cree que se ha instalado a mirar una película Disney, con mejores escenarios y más elaborada, sí, sobre una preadolescente y su perro -obvia y literalmente su único amigo (y viceversa)- y cómo son separados de la manera más insensible, la historia comienza a girar, primero en pocos grados, con secuencias de perreras como las de «La dama y el vagabundo» en su versión más oscura y luego va virando sin pausa hacia parajes definitivamente más infernales.
Y no nos damos cuenta cuándo es que pasamos de la inocencia a la violencia, incluida su versión sádica. Y no nos terminamos de enterar que ya estamos pisando territorio de pesadilla apocalíptica hasta aquélla escena en que uno no puede contener un brinco.
Pero ya todo se ha desatado. Y entonces la secuencia pasmosa con que abre la película -la niña en bicicleta seguida por cientos de perros corriendo tras ella por calles vacías- cobra sentido. (Se usaron 274 animales para el rodaje).
Con «White God» (¿juego de palabras God-Dog?) el húngaro Kornél Mundruczó desafía a la imaginación más delirante, construyendo una parábola elocuente, prístina y compleja a la vez -la historia se sigue sin aliento, como un thriller dramático intenso y emotivo-, sobre las relaciones (y el abuso) de poder en el tejido social más cotidiano de nuestras sociedades. Ese que ostenta aquel funcionario gris que nos puede complicar o facilitar el trámite; el profesor hastiado; el (la) chofer de la 4 x 4 que tira el auto encima; y más que nada la desidia con que (no) nos hacemos cargo de los frágiles y vulnerables de nuestra sociedad.
A Lili no le queda más que obedecer a su padre, que no se molesta en comprenderla y cree que hacerla comer es de lo único de lo que debe ocuparse. Es el mismo trato brusco que recibe la chica de parte del director de la orquesta escolar donde ella toca la trompeta.
Lili y Hagen son los indeseados, los que sobran, los que no importan.
¿Cuánto daño se le puede hacer a los mansos y humildes de corazón hasta llegar a transformarlos en dañinos?
Mundruczó nos responde con imágenes de una belleza inolvidable, con la Rapsodia Húngara de Liszt cruzando un mundo y el otro. Pero lo hace no con un final dulce, sino con una escena conmovedoramente poética y calma, cargada de una atmósfera de tragedia que queda allí para ser completada por el espectador, uno que ya entendió, consternado, cómo es que se llega a lo que está mirando.
«White God» es la película más original que recuerde haber visto, tan eficaz ya como thriller de suspenso, ya como drama de denuncia social.
(En Fílmico, Paseo Las Palmas. En amazon.es).

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